Me ha encantado como una simple cuestión de establecer una comunicación más real que el simple consumismo virtual, ha llegado a ser para este espacio una rápida forma de deshacerse del posible peso muerto que sólo pide y pide y pide sin estar dispuesto a dar nada. Y, ojo (para los sensibles), no se trata del dar “materialista” (“yo te doy la contraseña de un disco y tú me das otro disco”, por ejemplo, que ya la sola lectura nos indica que es una estupidez), si no el de aportar en la construcción de relaciones de comunicación significativas para algo que nos es igual de significativo: la música. Pero no se crea que desperdicie a esos “espontáneos” que se desaparecen tan rápido como llegaron (después de aventar su respectiva cacayaca, por supuesto, que igual de rápido como la pusieron la desaparezco en unos cuantos clics), al contrario les agradezco porque me reafirman en mis ideas: ¿quién en su sano juicio se permitiría tener tratos con un cabrón que a la primera de cambios te suelta un madrazo?, pues nadie, y precisamente esa lógica es la que impera en este espacio. Mucho de nuestro mundo está jodido porque ya ni siquiera es cuestión de estar de acuerdo o no con una persona, si no que estamos cerrados en automático al diálogo y traemos la espada desenvainada para pelear contra enemigos imaginarios en una incomprensible campaña eterna de estupidez e intolerancia. Por ello es que agradezco a aquellos que han entendido la dinámica de “La Naúsea Embriagante”, sin necesidad de que les haya aventado todo este choro, y que tan generosamente han compartido un pedacito de sus vidas y más aún espontáneamente se han mostrado dispuestos a colaborar con material (calmex, calmex, ya llegará ese momento). Nos leemos.









